lunes, 10 de febrero de 2014

La publicidad y sus invectivas a la lengua


Hace mucho que no escribo sobre errores garrafales de la lengua o pontapés na gramática, que dirían los lusofalantes.
Los publicistas constituyen uno de esos gremios que deberían, a mi juicio, documentarse un poco y desempolvar sus libros de BUP antes de acometer creaciones que luego los hispanohablantes de a pie nos encontramos en formato XXL en los paneles publicitarios de las autovías.
Un primer gran error garrafal a que me refiero fue un anuncio que durante más de un verano estuvo circulando por marquesinas, quioscos y revistas. Era un anuncio de Ron Bacardi, que animaba a la fiesta y a la algazara en compañía de un buen cubata, y que, tal y como lo recuerdo, leía así:
“Viva el verbo salir en todas sus conjugaciones”
Y yo me pregunto entonces: “¿Es que acaso el verbo salir tiene más de una conjugación?” Que yo sepa, solo pertenece a una, que es la tercera, o la de los verbos acabados en -ir. Seguramente quien salió con esta idea se refería al verbo salir en todas sus formas verbales o en todos sus tiempos verbales. Creo que no hay que ser necesariamente filólogo para saberlo; basta con estar en primero de la ESO.
Un segundo gazapo tiene que ver con los acentos. Constantemente encuentro por todos sitios el pronombre  escrito con tilde. Me parece que es un error en cierta manera justificado, porque muchos hablantes (y escribientes) realizan una analogía con el pronombre mí y escriben esa tilde donde no procede. La analogía y el saber popular son los que, al fin y al cabo, han hecho a menudo evolucionar la lengua hacia una dirección u otra*. En el registro informal y familiar la analogía está detrás de muchos improperios, como el de añadir una ese a la segunda persona del singular en el pretérito indefinido (dijistes), por semejanza con formas de segunda persona del singular en el resto de tiempos verbales (dices, digas, decías, dijeses). Sin embargo, y aunque este tipo de errores llegue a sistematizarse y a asumirse como correctos (porque así funciona la lengua, queramos o no), dijistes sigue siendo un vulgarismo que hay que evitar, como lo sigue siendo .
Además de estos gazapos, vengo observando ciertas incongruencias en los nombres con que últimamente se bautizan centros de ocio, centros comerciales, productos alimenticios y otras marcas. Puedo hablar, por ejemplo, de un centro de mi ciudad madre, que se llama Malaga Nostrum, en primer lugar, porque me parece de una simpleza como una catedral poner nombres en latín a diestro y siniestro y de una manera tan poco sutil, emulando el mare mostrum de los romanos como la primera expresión latina que hay a mano. Es verdad que los que ponen nombres a empresas suelen recurrir al latín para darle un poco de pedigree a la marca que quieren vender. Solo hay que pensar en Audi y Fiat (formas verbales, oí y hágase), por mencionar ejemplos automovilísticos, Sanitas o Caritas (dos palabras de la tercera declinación, sanidad y caridad) u otros como Aquarius, Magnum, Nivea y otros miles. Ahora bien, recurrir al latín de manera tan burda me parece que no es lo mejor para bautizar un nuevo centro de consumo desmedido. Además, existe una tendencia muy generalizada a pensar que con añadir -um a una palabra, esta se convierte automáticamente en latina. Y yo vuelvo a preguntarme: “¿No sería más lógico que el centro se llamase Malaga nostra?” Más que nada porque Málaga (o Malaca, en época romana) acaba en -a y con toda probabilidad es una palabra de la primera declinación, que debe llevar su adjetivo correspondiente femenino singular de la primera.
Algo parecido ocurre con el archipopular mezclum, rey de las bolsas de ensaladas, que ahora están hasta en la sopa. Ponermezcla, a secas, debe de quedar muy soso, pero no creo que mezclum sea un nombre muy adecuado cuando:
1. En latín no existía la letra z.
2. Mezcla “me da” como que, por ser, sería una palabra también de la primera declinación (más que nada, porque en las otras cuatro declinaciones no había nominativos singulares acabados en -a), con lo cual, nunca podría acabar en -um salvo en genitivo plural, y no creo que nadie elija un genitivo singular ni plural para bautizar su negocio, ¿no? A no ser que hablemos de la versión genitiva de Peluquería Pepe’s o Papelería Ana’s, como una que, de hecho, había en Málaga a la salida de mi colegio junto a Gracita la gran vendedora de chuches.
En fin, que el latín es un recurso fácil, pero, como en todo, hay que usarlo con moderación y sabiendo lo que se dice. No es que yo sea una latinista ni mucho menos. Me quedé en mis dos años de latín del colegio, más otro año de latín en la carrera de filología, pero, lo que sí sé, es que, si no sé, pediría consejo a algún amigo más versado que yo en la lengua de Virgilio.
Autor: marianogueira.net

¿Analfabetismo o estrategia publicitaria?

Primero que nada la publicidad tiene como objetivo vender, e intenta lograr esto por medio de metáforas, mitos, creando estereotipos, se vale de sus “mañas” para hacerle creer al consumidor que aquella marca o producto es necesario; vaya, la publicidad produce un sentimiento de necesidad aunque el producto en sí no sea algo necesario. Asimismo, la publicidad trata de que nos identifiquemos con ella para asi poder llegar más fácil a nuestro cerebro e impregnarnos de un deseo consumista, aquí podría decirse que se habla del efecto de la teoría hipodérmica, en la cual se manipula al consumidor ideándole sueños y/o deseos utilizando el condicionamiento de estímulo – respuesta.
Ahora, la ortografía en ello es un factor primordial, pues dice mucho de nosotros y de la credibilidad de nuestras palabras. Hablando de una cultura de masas, un letrero comercial con errores ortográficos da un mal aspecto e influye enormemente en la ortografía de las personas que reciben un mensaje por medio de éste, puesto que pertenecemos una cultura muy visual. Para algunas empresas el hecho de jugar con las palabras (lo cual realmente es considerado un estilo publicitario), el sentido de las frases o incluso con la ortografía es mera estrategia publicitaria, ya que se da por hecho que la gente lo notará, pues consideran que tiene un acervo cultural considerado como para darse cuenta del error y que éste le llame la atención; lo peor de este asunto radica en que muchas personas llegan a pensar: ” si es publicidad debe estar bien escrito”, por lo que generalizan y dan por hecho que así es; esto afecta primordialmente a las personas que precisamente carecen de ese acervo cultural del que hablamos.
Como ya lo mencionamos en la publicidad de las grandes empresas es frecuente el uso palabras coloquiales o juegos de palabras para agradar a los consumidores. Un ejemplo seria el de 7up “pura refrescancia”.
7up "Pura Refrescancia"
La palabra “Refrescancia” no existe según el diccionario de la Real Academia Española el problema es que muchas veces las personas creen que estas palabras son correctas y las empiezan a utilizar sin saber que tan solo es una técnica de la empresa para llamar la atención.
Otro ejemplo seria la famosa “expulsación” que la mencionó por primera ocasión Adal Ramones en su programa ya desaparecido Otro Rollo y hasta se hizo un comercial “burlón” en la que usaban y hoy en día es muy utilizada por las personas.

Autor: Le Bagon's http://culturaypublicidad.wordpress.com/

Análisis de pieza publicitaria con deficiencia gramatical


La publicidad no suele respetar las normas ortográficas en los que a las mayúsculas se refiere por lo menos, y tampoco tiene por qué ser coherente en sus expresiones, y es que muchas veces nos convence justamente con toda clase de figuras retóricas. Pero lo que empieza siendo una identificación entre un banco y su cliente (25 años creciendo contigo), se convierte en un despropósito, porque "durante 25 años de mutua confianza, renovamos el compromiso de continuar entregándote lo mejor de nosotros". Así que se han demorado o han permanecido 25 años renovando el compromiso de continuar entregando lo mejor...
Más o menos se entiende lo que se quiere dar a entender, pero resulta extraño por decir lo menos usar una referencia durativa ya cerrada (25 años) para referirse a un evento continuativo (un compromiso abierto al futuro). Me hace recordar la sorpresa que suscita el famoso poema de César Vallejo sobre la guerra civil española: "Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo". Y es que resulta difícil seguir algo que ya se ha cumplido.